Un buen vendedor, empieza por tender la cama

A veces pensamos que para ser grandes vendedores necesitamos técnicas sofisticadas, discursos impecables o un talento nato para convencer. Pero la verdad es que todo eso viene después. Lo primero —y lo más importante— es aprender a dominar lo pequeño.


Parece absurdo, pero el éxito comercial empieza en casa: en la forma en que te levantas, en si tiendes o no tu cama, en si llegas a tiempo o no, en si cumples con lo que prometes, aunque nadie te esté mirando.


Tender la cama no te convierte en un vendedor estrella, pero sí en una persona que empieza el día cumpliendo con algo. Esa pequeña victoria inicial entrena tu mente para la responsabilidad, para el orden, para el compromiso. Lo mismo ocurre con la puntualidad, la disciplina o la manera como organizas tu espacio de trabajo.


Porque vender no es solo ofrecer un producto, es transmitir confianza. Y la confianza nace cuando uno se vuelve coherente: cuando lo que dice, lo que hace y lo que promete van en la misma línea. Esa coherencia se entrena en lo pequeño.


Un vendedor que no cuida los detalles termina perdiendo las grandes oportunidades. El que deja pasar lo mínimo, el que no responde un mensaje, el que no cumple una cita, también deja escapar la confianza del cliente. En cambio, quien se forma en las pequeñas responsabilidades, sin darse cuenta, empieza a generar una fuerza silenciosa: la del carácter.


Y ahí está el secreto: si eres impecable en lo pequeño, serás confiable en lo grande.

Así se construye un buen vendedor. No desde la improvisación, sino desde la constancia. No desde el talento, sino desde el hábito.


Así que mañana, antes de salir a vender, antes de revisar tu agenda o tus metas, tiende tu cama.

Ahí comienza el primer cierre del día: contigo mismo.


PERDONEN LA POQUEDAD 


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