La vida en un suspiro


Sobre la fragilidad y la urgencia de vivir


No han pasado ni ocho días desde que nos despedimos de Franco, nuestra mascota, cuando la vida nos dio otro golpe: el senador Miguel Uribe ha fallecido. Dos vidas tan diferentes en su esencia y en su historia, pero unidas por una verdad ineludible: la fragilidad de todo lo que respira.


La muerte tiene esa extraña habilidad de acercarnos a verdades que a menudo preferimos ignorar. Nos recuerda que, sin importar cuán grandes sean nuestros logros, cuán ocupadas estén nuestras agendas o cuán fuerte parezca nuestro corazón… todos estamos hechos de un material frágil, y cada día que vivimos es un préstamo, no una propiedad.


Franco me enseñó lo que es el amor incondicional. Su mirada me recordaba que la vida se compone de momentos simples: una caricia, una salida a hacer sus necesidades, el calor de la compañía. La noticia sobre el senador me hizo reflexionar que, incluso en medio de grandes responsabilidades y vidas públicas, el tiempo no se alarga ni un segundo más de lo que nos corresponde.


Pasamos la vida posponiendo:

— “Cuando tenga más tiempo…”

— “Cuando resuelva mis problemas…”

— “Cuando las cosas estén más tranquilas…”


Ayer, en la iglesia, vi un video que me hizo pensar aún más en esto. Se llamaba La tienda del tiempo. En él, ofrecían tiempo futuro, pero venía cargado de preocupaciones, incertidumbres y miedos. También vendían tiempo del pasado, lleno de culpas, nostalgias y heridas que no se pueden cambiar. Ninguno de esos valía la pena comprar. Y entonces, alguien preguntó: ¿y el presente? El presente estaba ahí, disponible… pero no costaba nada. Y, paradójicamente, es el único que realmente merece ser aprovechado.


Por eso, hoy más que nunca, siento que vivir debe ser un acto consciente y urgente. No me refiero a correr como si el reloj nos persiguiera, sino a detenernos a disfrutar de un café, a mirar a los ojos, a expresar lo que sentimos antes de que sea demasiado tarde.


PERDONEN LA POQUEDAD

 

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