No es maldad: es que no siempre vemos toda la historia

Hay momentos del día en los que la vida nos pone un espejo sin avisar. Uno de esos me pasó hace unos días, cuando bajé al jardín interior de mi conjunto residencial y me encontré con un popó de perro en el piso. Nada raro en apariencia, pero sí lo suficiente para detenerme un momento.


Como no quería simplemente dejar eso ahí, lo que hice fue tomar unas hojas secas para marcar el punto exacto para que el portero, desde las cámaras, pudiera identificar el lugar y revisar las grabaciones para saber quién había sido. Si no lo señalaba, él no iba a tener forma de saber dónde era. Una acción práctica y simple.


Cuando fui a portería , ya había llamado una señora y sin pensarlo dos veces le  lanzó al portero una frase que me atravesó:

“Vea cómo serán de HP´s ,que alguien tapó la m... de su perro con hojas”.


Me quedé frío.

No solo no era mi perro, sino que estaba haciendo exactamente lo contrario: estaba ayudando.


Ese momento me dejó pensando durante horas.

Porque así como esa señora lo interpretó todo al revés, todos lo hacemos a diario, con situaciones de lo más comunes. Vivimos con un modo automático que nos lleva a pensar que el otro obra mal, que actúa con mala intención, que es irresponsable o desconsiderado.


Y lo peor: la mayoría de las veces ni siquiera preguntamos.


El deporte nacional: asumir lo peor

En el día a día, basta cualquier detalle para que el cerebro active nuestro modo detective–acusador.


—Si alguien se demora arrancando en un semáforo, “es porque está pegado al celular”.

—Si un vecino pasa y no saluda, “es porque es creído”.

—Si un cajero se demora dos minutos más, “es porque no quiere trabajar”.


Y la lista sigue:

pensamos primero lo malo, lo incómodo, lo ofensivo.

Es como si en el fondo creyéramos que los demás están pendientes de hacernos la vida más difícil.


El ascensor: un ejemplo clásico

Algo tan cotidiano como esperar un ascensor muestra lo mismo.


Uno oprime el botón, espera…

espera más…

espera un poquito más…

y cuando al fin se abre, aparece alguien dentro.

Y antes de considerar cualquier explicación razonable, la mente suelta:

“Este descarado se quedó ahí adentro y no dejó que el ascensor subiera cuando lo llamé.”


Nunca pensamos que esa persona tal vez no vio que el ascensor había sido llamado.

O que estaba buscando un piso.

O simplemente estaba distraída.

No.

Preferimos asumir mala intención.

Porque así nos entrenaron la prisa, el estrés y la costumbre de reaccionar sin respirar.


La interpretación mata la verdad

El tema no es que la gente actúe mal…

el tema es cómo interpretamos lo que vemos.

La mayoría de las veces actuamos desde nuestros cansancios, nuestras heridas o nuestras experiencias pasadas, y proyectamos eso sobre los demás.


No es que el otro sea malo.

Es que el filtro que estamos usando ese día está sucio.

¿Y si le damos un chance a la duda?

Cuando aquella señora insultó sin saber nada, reaccionó desde la rabia.

Pude haberle explicado, pude haber armado una escena.

Pero en lugar de eso, lo que pensé fue:

“Qué duro debe ser vivir asumiendo lo peor de todo el mundo.”

Tal vez lo que necesitamos no es más control, sino más pausa.

Más voluntad de preguntar antes de juzgar.

Más disposición a entender que a veces los demás simplemente están pasando por lo suyo: cansancio, prisa, descuido, confusión… humanidad pura.


La vida tendría menos enemigos y más gente distraída

Ese día entendí algo sencillo pero poderoso:


No siempre es maldad.

A veces es descuido.

A veces es azar.

A veces es que uno no sabe toda la historia.


Y, sobre todo, muchas veces la interpretación que hacemos de los demás dice más de nosotros que del otro.


Si empezáramos a ver las situaciones con un poquito menos de juicio y un poquito más de empatía, la vida sería más ligera. Menos pelea, menos tensión, menos enemigos imaginarios… y más personas que simplemente están tratando de hacer lo mejor posible.


A fin de cuentas, todos estamos caminando por el mismo jardín, solo que desde ángulos distintos.

PERDONEN LA POQUEDAD 

Comentarios

  1. Excelente apreciación Rafael. Algunas veces somos muy rápidos en juzgar y lentos para razonar.

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