LA COMPRENSIÓN
Creí que la comunicación era la base de todo… hasta que entendí que es la comprensión
Durante años repetí una frase con convicción: “La comunicación es la base de toda relación humana.”La usé en talleres, la apliqué en mi vida personal y profesional, la defendí en debates .Y no me equivoqué del todo. La comunicación es crucial. Pero con el tiempo, y especialmente en momentos de conflicto, descubrí algo más profundo y, quizás, más doloroso: la verdadera base no es lo que se dice, sino lo que se comprende.
Porque puedes hablar con claridad, elegir bien tus palabras, usar el tono correcto, buscar el mejor momento, ser honesto, vulnerable, incluso amoroso…
Y aún así, todo se puede ir al abismo si la otra persona no quiere o no puede entenderte.
La trampa de hablar por hablar
Nos enseñaron a hablar, a expresar, a no guardarnos las cosas. Pero muy pocas veces nos enseñaron a escuchar para entender, no solo para responder. Nos volvimos expertos en emitir mensajes, pero no tanto en abrir el corazón a los que recibimos. Y así, caemos en la trampa: hablamos más, pero entendemos menos.
Comunicar sin comprensión es como gritar en medio del vacío.
Tus palabras rebotan, hacen eco, pero no llegan a tocar lo esencial del otro. No generan puentes. No sanan. No resuelven.
La voluntad de entender
Entender a alguien no es solo un ejercicio de inteligencia, es un acto de voluntad.
Implica detener el juicio, salir del ego, bajarse del trono de “mi verdad” y sentarse en la silla incómoda de “quiero ver lo que tú ves, aunque no lo comparta”.
Y esa disposición no siempre está presente. A veces, el otro no quiere entender porque le duele, porque lo obliga a cambiar, porque es más fácil cerrar la puerta que mirarse por dentro. Y ahí, lamentablemente, por más que hables, nada cambia. Todo sigue siendo un caos.
¿Entonces para qué hablar?
Porque aunque la comprensión no siempre esté garantizada, el silencio nunca será la respuesta.
Hablar con autenticidad es sembrar semillas. Algunas caen en tierra fértil, otras en suelo seco. Pero quien calla por miedo a no ser entendido, se traiciona. Y quien habla desde el corazón, aunque no siempre obtenga eco, mantiene su integridad.
La clave está en comprender nosotros también: que hablar no siempre conlleva ser comprendido. Que no podemos controlar la apertura del otro, pero sí nuestra intención. Y que el verdadero poder no está solo en lo que decimos, sino en cómo sostenemos nuestro mensaje cuando no es recibido como esperábamos.
En conclusión
La comunicación es la vía, pero la comprensión es el destino.
Podemos tener carreteras bien asfaltadas, discursos brillantes, estrategias claras… pero si no llegamos al corazón del otro, si no hay disposición de escucha real, todo se convierte en ruido.
Hoy sigo creyendo en la comunicación. Pero ya no la idealizo.
Ahora sé que solo transforma cuando es acompañada por el milagro humilde de la comprensión.
Llamado a la acción
¿Cuándo fue la última vez que realmente escuchaste para entender, y no solo para responder?
Te invito a que esta semana practiques la comprensión como un acto de generosidad.
Escucha a alguien sin interrumpir.
Haz preguntas que no busquen tener razón, sino construir puentes.
Y si sientes que no eres comprendido, no te cierres: sigue comunicando, desde tu verdad y tu paz interior.
Comparte este blog con alguien a quien creas que le hace falta recordarlo. Porque a veces, un acto de comprensión, cambia una historia completa.
Y como siempre :”PERDONEN LA POQUEDAD”
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