A PROPÓSITO DEL PERDÓN

 El perdón, que antes era visto como un acto vital para la sanación emocional y espiritual, ha pasado a ser, en muchos casos, algo selectivo, condicionado, y oculto tras el velo del orgullo. Antiguamente, perdonar era una forma de restaurar el equilibrio interno y externo, un puente hacia la reconciliación, incluso cuando el otro no lo merecía del todo. Se comprendía como una virtud superior, una forma de liberarse del resentimiento para alcanzar la paz. Hoy, sin embargo, parece que el perdón se ha convertido en una especie de moneda que se otorga solo cuando la otra persona ha cumplido con ciertos requisitos o condiciones.

 

Esto puede estar enraizado en un cambio profundo en los valores sociales. En un mundo donde el "yo" y la individualidad están en el centro, el perdón puede verse como una forma de ceder poder, de mostrarse vulnerable frente al otro. En lugar de ser una manifestación de grandeza espiritual, se percibe, en algunos casos, como una traición a uno mismo o una capitulación. El orgullo, que antes podía ser superado en aras de la reconciliación, ahora actúa como un escudo protector, impidiendo que las personas den ese paso liberador. Bajo esta mentalidad, se elige a quién perdonar y bajo qué circunstancias, lo que reduce el perdón a una estrategia social o emocional, más que a un verdadero proceso de sanación.

 

Esta selectividad en el perdón está estrechamente vinculada a la necesidad de control. Perdonar implica soltar, y soltar significa confiar en el proceso de la vida y en la humanidad del otro, algo que se hace más difícil cuando el orgullo actúa como barrera. Muchas veces, el orgullo no solo oculta la herida, sino que la magnifica, convenciendo a la persona de que no necesita perdonar para sanar. Así, el acto de perdonar queda enterrado bajo una capa de autoafirmación, en la que el resentimiento se transforma en una forma de mantener el poder.

 

A pesar de ello, este orgullo que oculta el perdón no ofrece la paz que promete. Lo que se obtiene es un alivio superficial y momentáneo, pero el peso del resentimiento sigue presente. Porque el perdón, cuando es sincero, no es tanto un regalo al otro, sino un acto de liberación personal. Selectivo o no, el perdón sigue siendo, en última instancia, un camino hacia la paz interna, y es precisamente cuando se deja atrás el orgullo que puede manifestarse en toda su plenitud.

 

Quizás en este contexto, el verdadero desafío sea recuperar el valor de un perdón que no se basa en las condiciones externas, sino en el profundo deseo de estar en paz consigo mismo, más allá de los agravios o de la necesidad de control.

 

PERDONEN LA POQUEDAD ¡!


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